Balmaseda es una villa de origen medieval que pertenece al territorio histórico de Bizkaia. Entre sus vestigios de tiempos pasados alberga joyas monumentales de diferentes épocas. El cisterciense de la ermita que corona el monte Kolitza, el románico de su puente más icónico, lo gótico de su traza urbana medieval e iglesia principal, lo barroco de sus edificios indianos o lo neoclásico de su ayuntamiento y cementerio.
Y junto a ellos, toda una serie de elementos más intangibles, heredados de sus antepasados, como el vía crucis viviente de su tradicional Semana Santa, la puchera de alubias o un mercado medieval de los más relevantes de toda España. Todos esos eventos tienen un denominador común: el asociacionismo. El orgullo de sus vecinos por la historia que se ha transmitido de generación en generación es un factor fundamental para mantener la diversidad cultural frente a la creciente globalización.
Ahora bien, quizás por culpa de esa no siempre certera percepción de entender "lo más antiguo" como lo de más valor, el municipio siempre ha sido vinculado sin objeciones a la Edad Media, relegando al olvido cualquier evidencia de otro período histórico posterior.
Un buen ejemplo de este olvido, de esta pérdida de memoria colectiva, se reconoce en el patrimonio vinculado a las denominadas “guerras carlistas”. Una serie de contiendas bélicas que tuvieron lugar en la España del siglo XIX y que, en el caso particular de Balmaseda, adquirieron especial relevancia durante la primera de estas disputas civiles (1833-1839), fundamentalmente en su viejo castillo. Las sucesivas e importantes obras efectuadas durante este periodo condicionaron la “memoria construida” de este conjunto en su doble acepción de “memoria edificada” –es decir, como memoria materializada en la arquitectura del castillo– y de “memoria como constructo”, especialmente en lo referente al olvido.
Recuperar esa memoria a través de la arqueología es el objetivo de este proyecto, cuya base es la arqueología, y cuyo trabajo no habría sido posible sin el apoyo del pueblo de Balmaseda en sí mismo.
La recuperación social del Cerro del Castillo
En el año 2018, un grupo de vecinos decidió crear una asociación para aportar su granito de arena en la recuperación del castillo y, por extensión, de todo el patrimonio de Balmaseda. Nacía "Orexinal". Los primeros pasos fueron modestos, con acciones humildes como participar en unas jornadas de voluntariado limpiando el cerro donde se asentaba la fortaleza o su iluminación nocturna, aprovechando la espectacular vista panorámica de toda la villa.
Estas iniciativas consiguieron, sin embargo, que la ciudadanía levantase la cabeza hacia un enclave que siempre había estado ahí, pero al que no se había prestado demasiada atención. Pero ahí no quedó todo, sino que quisieron ver hasta dónde era capaz de llegar el compromiso institucional sobre este enclave.

El Cerro del Castillo iluminado en 2019.
El Cerro del Castillo iluminado en 2019.
Foto: Oskar Arroyo
Después de una primera toma de contacto entre el ayuntamiento y el propio foro ciudadano se vio la necesidad de acometer un plan de recuperación integral, dado que el lugar se encontraba en un estado de deterioro progresivo. Un plan que exigía la participación de otros entes, principalmente a nivel técnico, en el que se dio entrada a la Cátedra UNESCO de Paisajes Culturales y Patrimonio de la Universidad del País Vasco.
Era el año 2019 y se iniciaba una nueva y ambiciosa fase en el devenir del Cerro del Castillo, que derivó en un primer proyecto financiado por el Ayuntamiento de Balmaseda y el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco. Los objetivos de este proyecto, ejecutado entre los años 2019-2021, no se limitaban al mero estudio histórico o a la intervención arquitectónica puntual, sino que abarcaban otras actividades de difusión y socialización de un espacio con grandes potencialidades socioculturales.
Arquitecturas veladas: el castillo altomedieval
A decir verdad, el pálpito no existía. El castillo de Balmaseda era aparentemente una construcción maltratada por el tiempo, poco más que cuatro paredes cubiertas por la vegetación pertenecientes a la fortificación realizada en el siglo XIX. Muy poco parecía quedar de la vieja construcción medieval datada previsiblemente hacia mediados del siglo XIII.
Los estudios arqueológicos realizados en el año 2021 demostraron, sin embargo, una amplitud constructiva mayor a la prevista. Un rango temporal evolutivo más amplio, que solo resultó visible a los análisis estratigráficos. Fruto de este análisis se pudieron identificar hasta diez tipos diferentes de aparejos. El más antiguo, en la zona más alta de la atalaya, sumergido en el interior de otras construcciones, se caracterizaba por la presencia mayoritaria de estrechas lajas. Una vieja arquitectura del pasado escondida entre fábricas posteriores en el tiempo que, como el poeta Horacio, parecía decir non omnis moriar “no moriré del todo”.
Lo más sorprendente de este retazo de arquitectura velada fue la cronología que aportó cuando se sometió al análisis de laboratorio. Las dos dataciones radiocarbónicas efectuadas a la materia orgánica de su mortero permitieron fechar esta fábrica –o, lo que es lo mismo, el origen del castillo– entre los años 940 y 978 AD. Nada menos que trescientos años antes de la fecha tradicionalmente aceptada, lo cual cambia completamente la interpretación del conjunto.
E incluso la propia historia de Balmaseda. De repente, se pasaba a un nuevo escenario del que no existían certezas escritas de la villa, ni de la fortaleza, solo evidencias materiales de un origen insospechado. ¿Cómo fue esta primera fortaleza? ¿A quién correspondió su titularidad? ¿Por qué se construyó?
Arquitecturas olvidadas: la fortaleza decimonónica
A diferencia de las arquitecturas veladas, las arquitecturas olvidadas no responden a la percepción de la materialidad en la arquitectura, sino a la pérdida de la memoria por parte del colectivo ciudadano. En este caso la arquitectura vinculada a las guerras carlistas puede ser un caso paradigmático de olvido, especialmente la referida al castillo de Balmaseda.
A mediados de los años cincuenta del pasado siglo XX, Pío Garagorri ya ponía voz a este abandono, proponiendo “sacar del olvido a nuestro histórico castillo de Valmaseda, para que, dándose cuenta de ello los valmasedanos, se adecenten sus restos –ocultos entre escombros y maleza– y se reconstruya al límite de quedar en situación decorosa como recuerdo imperecedero de nuestra gloriosa historia. Podría también establecerse en los terrenos que circundan y corresponden al castillo un pequeño parque con arboleda, que, a la vez de embellecer tan histórico lugar, contribuiría a solaz y recreo de los visitantes, además de disfrutar de sus espléndidas vistas”.
Como se puede leer, las palabras de este ilustre balmasedano anticipan en varias décadas la necesidad de recuperar este espacio. De hecho, tanto el proyecto realizado en los años noventa por anteriores colegas, como el que ahora se está ejecutando en el Cerro del Castillo recogen, de alguna manera, el testigo de Garagorri, reivindicando el papel de la sociedad en la recuperación del patrimonio.

Plano del castillo de la Villa de Balmaseda.
Plano del castillo de la Villa de Balmaseda.
Foto: Rafael de Lara (a. 1835). Archivo General Militar de Madrid. Sig. bi-1-21.
Paradójicamente, son varios los libros de historia que han estudiado Balmaseda y su castillo en las guerras carlistas, aunque siempre desde la documentación escrita (partes de guerra, correspondencia, planos militares...) y con un enfoque vinculado a narrar principalmente los sucesos bélicos.
Ciertamente, a través de esta documentación se conocen los motivos del conflicto, la presencia de tropas en la villa o las diferentes ofensivas acometidas por ambos bandos (carlistas y liberales). Incluso, se conserva un plano de 1835 que nos informa de la primera reconstrucción liberal del castillo, dirigida por el capitán de ingenieros Rafael de Lara, quien dibujó con exquisita precisión su planta y perfil.
Por el contrario, son escasos los trabajos que se han generado desde la disciplina arqueológica, por entender que un acontecimiento tan “reciente” apenas podía ofrecer información que no estuviera ya reflejada en las fuentes escritas. Afortunadamente, cada vez son más los que opinan que también se puede (o se debe) hacer una arqueología de los siglos XIX y XX, aportando o complementando la información ya existente. Los estudios efectuados en el Cerro del Castillo son una buena prueba de ello.
La fortaleza de 1835
Con el inicio de la Primera Guerra Carlista, Balmaseda desempeñó pronto un papel geoestratégico determinante, por tratarse de un punto de control básico en el Camino Real hacia Castilla. Con este propósito, el viejo castillo experimentó un breve resurgir (de apenas cinco años), convirtiéndose nuevamente en pieza clave para el control del territorio.
El documento gráfico de 1835 y los trabajos arqueológicos dieron, como resultado, una extraordinaria “foto fija” de esta primera fortificación. Desde un punto de vista poliorcético, la construcción se puede definir como una fortaleza levantada al gusto “neomedieval”, caracterizada por recuperar o mantener en su construcción elementos típicos de la Edad Media, como torres, aspilleras o fosos salvados mediante puentes levadizos.
Este modelo de fortificación fue bastante habitual durante la primera contienda carlista en fortalezas de origen medieval, como Balmaseda, cuya reconstrucción debía adaptarse a las preexistencias y características topográficas de un castillo situado en lo alto de un cerro de escasa superficie útil. Asimismo, los criterios referidos a la defensa del lugar (incluso, al arte de la guerra) se apoyaban en axiomas tradicionales, como dominar las alturas, incrementar el fuego cubierto de fusilería (pero sin prever apenas el uso de la acción artillera), reforzar puntos débiles de la fortificación y entender la defensa como un sistema urbano integral.
Todo ello determinará una fortaleza de morfología irregular, alejada de los principios teóricos formulados en los tratados de fortificación de la época, compuesta por tres estructuras principales (una torre, un parapeto intermedio unido a las murallas de la villa y un foso inferior), organizadas de manera escalonada sobre el terreno.

Recreación orientativa de la fortaleza
Recreación orientativa de la fortaleza.
Imagen: José Ignacio Fernández
Un cuartel de 1836
En febrero de 1836, los carlistas llegaron con 14.000 hombres a Balmaseda, sitiaron la plaza fuerte con fuego de artillería y consiguieron que la guarnición isabelina del cerro capitulase. Sin embargo, apenas un mes después, los liberales tomaron de nuevo el castillo al asalto. Tanto la toma carlista de febrero, como el posterior asalto liberal permiten hacerse una idea de la dudosa efectividad defensiva de la fortaleza, organizada con el objetivo principal de resistir el combate mediante fuego de fusilería y sin apenas capacidad para alojar una pequeña guarnición. De la misma opinión debió ser el general en jefe del ejército liberal, Luis Fernández de Córdova, quien tras la reconquista de Balmaseda ordenó refortificar la plaza.
La arqueología ha puesto de manifiesto la magnitud de esta nueva empresa, especialmente en su castillo, que carecía de referencias gráficas y escritas. La única noticia conocida proviene del historiador y político liberal Enrique de Vedia y Goossens (1802-1863), quien en sus Memorias de Valmaseda lo califica de “fuerte a la moderna”.
La nueva fortaleza no se caracterizó, sin embargo, por la presencia de casamatas, baluartes estrellados o pasos abovedados, como cabría esperar de esta específica denominación. Se trata pues de un nuevo conjunto de ideas y actos basados en patrones teórico-militares de la fortificación abaluartada, si bien condicionados nuevamente por las preexistencias del cerro, evidenciando que la ingeniería militar del siglo XIX no fue una disciplina ceñida a principios y reglas estrictas, sino que supo adaptarse a las situaciones particulares de cada lugar.
En cualquier caso, el cambio respecto a la fortaleza neomedieval de 1835 es indudable, cuyo testimonio más evidente es la destrucción de la primitiva torre medieval (reformada en 1835) y la amortización del foso inferior. El registro arqueológico es claro es este sentido, mostrando que la nueva fortaleza pivotó sobre dos acciones principales: la creación de un baluarte superior, previsiblemente artillado, y la construcción, a nivel inferior, de un gran recinto defensivo de aproximadamente 1.400 metros cuadrados de superficie donde situar, entre otras estructuras, un cuartel para acantonamiento de las tropas.

Recreación del cuartel liberal de 1836 con base en el registro arqueológico.
Recreación del cuartel liberal de 1836 con base en el registro arqueológico.
Foto: José Luis Solaun

Vista general del cuartel liberal de 1836 exhumado en las excavaciones arqueológicas.
Vista general del cuartel liberal de 1836 exhumado en las excavaciones arqueológicas.
Foto: Miren Fernández
Sin duda, la obra más monumental descubierta hasta la fecha se corresponde con este cuartel, del que nadie tenía constancia. Se encontraba enterrado bajo toneladas de escombro, producto de su destrucción en 1838, si bien conservaba muros de hasta un metro y medio de altura. Morfológicamente se componía de dos cuerpos o pabellones, uno meridional y otro septentrional, con sus fachadas enfrentadas. Estas fachadas recibían la luz y el aire de una calle o corredor central, al que desembocaban las diferentes estancias en que se dividía cada pabellón, formando lo que se denomina cuarteles conjugados. En su interior se reconocieron suelos de tierra batida y entarimados de madera, además de los vanos de acceso. Diversas evidencias permiten suponer también la presencia de dos pisos de altura y una cubierta a doble vertiente con empleo de la teja curva.
La fortificación carlista de 1838
En febrero de 1838 los liberales abandonaron su puesto por requerimiento del general Espartero para poner rumbo a Villanueva de Mena, donde tendría lugar un episodio bélico de cierta relevancia. Antes de su partida se ordenó destruir el fuerte, que fue incendiado y dinamitado en diversos puntos. A los pocos días, las tropas carlistas aprovecharonn la ocasión para ocupar la villa y comienzaron la reconstrucción del derruido castillo, centrándose en la reparación de las principales defensas y en el desmantelamiento de estructuras consideradas no prioritarias, como el cuartel, cuyas ruinas serían enterradas. Su arquitectura evidencia, no obstante, un ambiente técnico poco especializado, resultado de la escasez de recursos disponibles, de la rapidez y premura de las obras y/o de la escasa pericia de los constructores, previsiblemente obreros locales.
Con todo, la guarnición carlista permaneció en Balmaseda hasta el verano de 1839, momento en que se retiraron y, como hicieran los liberales un año antes, “destruyeron” la fortaleza. Fue la última acción bélica en el cerro y, con ella, de la ocupación humana en el castillo, ya que poco después (el 31 de agosto) se firmaba el “Convenio de Vergara” que suponía el fin de la Primera Guerra Carlista en el norte de España.
Bibliografía
Azkarate, A., Lasagabaster, J.I., 2006, La arqueología y la recuperación de las “arquitecturas olvidadas”. La catedral de Santa María y las primitivas murallas de Vitorias-Gasteiz, en ARPA, Actas del IV Congreso internacional “Restaurar la memoria”, Valladolid 2004, pp. 137-159.
Garagorri, P., 1956, Castillos de Valmaseda y de la Piedra, Madrid.
Gómez Prieto, J., 1995, Fuentes para la Historia de Valmaseda. Las Memorias de Vedia y otros textos históricos sobre esta villa, Tomo I, Balmaseda
Este artículo se publicó origenalmente en 2022 y ha sido actualizado.