Emigración limitada Durante el siglo XIX, la frontera entre EE. UU. y México se podía atravesar en un sentido u otro sin pasar por ningún control. Pese a ello, la emigración de mexicanos era limitada; en 1900 había apenas 100.000 censados en EE. UU. La inmigración que preocupaba más a los estadounidenses era la de China y Japón, mientras que México se asociaba más bien con el peligro del bandolerismo y de las guerrillas de la revolución de 1910. La imagen sobre estas líneas muestra a un grupo de refugiados mexicanos en 1914 atendidos por soldados estadounidenses en Fort Bliss, Texas, que acogía a miles de ellos antes de otorgarles la residencia en el país. El fin de la frontera abierta La primera valla entre México y Estados Unidos se creó en 1918 en una ciudad atravesada por la frontera, Nogales, y fue una iniciativa mexicana para evitar altercados transfronterizos. Pero serían los estadounidenses quienes desde 1919 levantarían alambradas de ese tipo en los principales lugares de paso entre su país y México, preocupados por la creciente inseguridad que había provocado algún episodio de violencia transfronteriza. En la imagen vemos la valla en El Paso en 1920, con tres mexicanos a un lado y, al otro, dos miembros de la guardia montada estadounidense, un cuerpo fronterizo de medios escasos (tenía apenas 75 agentes en 1920) que en 1924 sería sustituido por la Patrulla de Frontera. Se buscan "piscadores" A partir de la década de 1920, la entrada de mexicanos a EE. UU. se incrementó notablemente. Era una inmigración ilegal, porque los mexicanos no podían pagar las altas tasas que exigía el Gobierno estadounidense para entrar en el país. Trabajaban como jornaleros, sobre todo en Texas y California, recolectando todo tipo de productos agrícolas (remolacha, zanahoria, maíz, fruta...) y algodón. Arriba, dos letreros en español e inglés ofrecen trabajo en la recolección de algodón en Fresno, California. El anuncio emplea el término "piscador", derivado de piscar, palabra usada en México como sinónimo de recolectar, similar fonéticamente al anglosajón picker . Los carteles dirigen a los inmigrantes a campamentos distintos. Chivos expiatorios La crisis de 1929 también hizo que muchos estadounidenses vieran estos inmigrantes mexicanos como una competencia no deseada para los puestos de trabajo y los beneficios sociales, lo que llevó a los Gobiernos de Texas y California a impulsar su retorno ofreciéndoles el trayecto gratuito en tren y a organizar redadas para deportarlos. Fue habitual que los trabajadores sociales denunciaran a los mexicanos que solicitaban ropa y alimentos. Esta instantánea de Dorothea Lange muestran a oficiales de la Patrulla de Frontera inspeccionando el vagón de un tren en busca de clandestinos, en El Paso (Texas), en 1938. Mano de obra barata Los terratenientes pagan a estos inmigrantes irregulares salarios más bajos. Según David V. Blackwell, miembro de la patrulla fronteriza, "los extranjeros hacían prácticamente todo el trabajo en las granjas por tan solo un dólar al día". Sobre estas líneas, una explotación en Imperial Valley, California, en 1939, donde trabajadores inmigrantes, incluidos niños, arrancaban, limpiaban, ataban y embalaban zanahorias. Huelga de piscadores Tras el Crack del 1929 y el inicio de la Gran Depresión, muchas plantaciones de algodón tuvieron que ser rescatadas por el gobierno federal. Los plantadores no repercutieron la ayuda en los sueldos de los recolectores, que habían visto disminuir su salario de los 1'50 dólares por cien libras en 1928 a tan solo 40 centavos en 1933. Ante la situación, los recolectores de algodón del valle de San Joaquín, en California, decidieron ir a la huelga. Gran parte de estos trabajadores eran jornaleros mexicanos y Los empleadores no dudaron en usar la fuerza para reventar las protestas. La tensión llegó al punto máximo con el asesinato patronal de dos recolectores. Sobre estas líneas, varios huelguistas en un camión con un cartel que reza: "desarmad a los granjeros o armad a los recolectores". Las autoridades federales impusieron una tarifa de 75 centavos por cada cien libras de algodón recolectado que acabó con la huelga. Tierra de oportunidades En 1942, el Gobierno estadounidense, ante la necesidad de incorporar mano de obra para sustituir a los combatientes durante la Segunda Guerra Mundial, acordó con México un sistema de inmigración regulada, el programa Bracero. Según este programa, los braceros (como se llamaba a los jornaleros mexicanos) eran contratados en origen para cubrir las necesidades laborales del país de acogida. El programa estuvo en funcionamiento durante más de dos décadas. Sobre estas líneas, un mexicano empaca lechugas recién cosechadas para su transporte en 1958. Procesamiento y desinfección A su llegada a EE. UU. se conducía a los inmigrantes a un centro (como el que se muestra en la fotografía, tomada en 1950), donde se les tomaban los datos y se procedía a su desinfección. Muchos mexicanos guardaron un recuerdo amargo de cómo al llegar a EE. UU. eran fumigados por razones higiénicas. Tiburcio Delgado recordaba: "Entrábamos en filas largas, grandísimas y a polvearnos , nos desnudaban y a echarnos polvo por si llevábamos parásitos en el cuerpo. Nos trataban de lo peor. Firmábamos el contrato y nos mandaban donde nos tocaba". Tierra de oportunidades Durante los 22 años de vigencia del programa Bracero, EE. UU. acogió a unos tres millones de mexicanos, entre temporales y de larga duración, y anualmente se concedieron 200.000 visados. Después de ser procesados en el centro de recepción de Estados Unidos, los trabajadores mexicanos eran enviados a las distintas explotaciones en las que se requerían sus servicios. Juan Lupián recordaba sobre la primera vez que llegó a Estados Unidos, en 1947, a los 19 años: "lo llamaban a uno y le decían el lugar en el que iba a trabajar. No me dieron opciones". Arriba, un grupo de trabajadores agrícolas mexicanos llegan en tren para ayudar en la cosecha de remolacha en Stockton, California, en mayo de 1943. Situación idílica En teoría, los salarios de los mexicanos que entraban al país de manera regular eran equiparables a los de los trabajadores americanos y se les garantizaba buenas condiciones de alojamiento. La fotografía sobre estas líneas muestra el pueblo donde vivían 30 familias mexicanas con 70 hijos de un rancho de cítricos en Whittier, condado de Los Ángeles, en 1935. Las avenidas estaban bordeadas de acacias y eucaliptos, las casas tenían agua corriente y electricidad y su alquiler oscilaba entre 5 y 8 dólares al mes. Vida dura Pero la realidad no solía ser tan idílica. Lorenzo Cano, bracero mexicano en la década de 1940 evocaba: "Nos tenían en una casita en el campo donde tenían la siembra. Casitas de madera. Allí no había baños. Calentaba agua en un balde. Y cuando estaba tibia, se echaba uno un agua allí y se bañaba". La fotografía sobre estas líneas, tomada en verano de 1948, muestra a una mujer mexicana y sus seis hijos en el porche de la vivienda que compartía con otras familias, proporcionada por la fábrica de conservas de guisantes en la que trabajan sus maridos y padres. Comida frugal "Comíamos un huevo, un sandwich, hacía tortillas de harina. Comprábamos nosotros la comida y los artículos de higiene personal", recordaría Roberto Martínez. En otros casos, la comida era proporcionada por los responsables de la explotación. A la hora del pago, "le descontaban a uno la comida del cheque y le daban lo que le tocaba", rememoraba Juan Lupián. Arriba un carro de comida mexicana que sirve tortillas y frijoles fritos a los trabajadores de una planta descascaradora de nueces. Preciado transporte Normalmente, los inmigrantes mexicanos llegaban hasta la frontera caminando y también se desplazaban a pie de sus hogares a los ranchos en los que estaban empleados. El patrullero David Blackwell recordaba: "Caminaban largas distancias y realmente lo hacían bastante rápido y sin que pareciera que tuvieran prisa. Viajaban en fila india y caminaban por el borde de las carreteras o caminos, a lo largo de las vías del tren o incluso a través del campo abierto". Esta fotografía de Dorothea Lange muestra a un grupo de afortunados jornaleros mexicanos en Imperial Valley (California), en 1935, transportados en un vehículo motorizado. Nómadas laborales Muchos de los jornaleros mexicanos empalmaban una temporada detrás de otra, moviéndose por diferentes estados durante cada época del año. En el momento de tomar la fotografía, en 1940, esta familia de trabajadores agrícolas mexicanos, formada por una pareja de 20 y 21 años, su hijo de tres y el hermano del marido, llevaba más de dos años siguiendo un circuito de remolacha y algodón a través de Utah, Texas y California. Habían pasado la noche al raso (el niño lleva un mono mojado por el rocío y botas de agua) y se disponían a salir en un tren de carga a las cinco de la mañana para dirigirse a Utah a despuntar remolachas azucareras. Espaldas mojadas El número de trabajadores que entraba a través del programa Bracero era insuficiente para las necesidades de los granjeros estadounidenses, que por otra parte preferían emplear a ilegales, a los que pagaban salarios más bajos y con los que no tenían que preocuparse por el seguro médico y de desempleo. Durante los años de duración de este programa, la Patrulla de Frontera arrestó y deportó de media a 500.000 mexicanos al año. Estos inmigrantes recibieron el nombre de "espaldas mojadas", wetbacks , o simplemente wets , porque algunos de ellos cruzaban a nado el río Grande. En esta fotografía vemos a dos oficiales de la Patrulla de Frontera tras capturar a tres inmigrantes en 1948. Infravivienda Los wets eran sin duda los que tenían una situación más precaria, establecidos muchas veces en infraviviendas. "En cualquier lugar donde hubiera suficiente agua para sacarla, había una familia mexicana: la madre, la esposa y los niños. Había campamentos improvisados por todas partes", recordaba el agente Harold Frakes de su trabajo en El Paso en 1954. Los mexicanos se alojaban en todo tipo de refugios improvisados, casas viejas y abandonadas, graneros, gallineros, cuevas cerca de la orilla de los ríos e, incluso, "en tiendas de campaña o en carrocerías de automóviles abandonadas", según su colega David Blackwell. Sobre estas líneas, una familia mexicana posa frente a su precaria vivienda hacia 1940. Cazadores de huellas Leo D. Dunnigan, piloto de la base MacAllen, Texas, explicaba su trabajo de vigilancia fronteriza desde el aire: "Solíamos usarlo [el avión] para inmovilizar al extranjero para que las unidades de tierra pudieran llegar hasta él". En tierra, sus compañeros buscaban las huellas para detectar los inmigrantes que entraban en el país de forma irregular, labor que realiza este inspector fronterizo estadounidense. Operación wetback En mayo de 1954, bajo el Gobierno de Dwight Eisenhower, el fiscal general de EE. UU. anunció la Operación Wetback, una gran redada en los estados del suroeste para detener y deportar a todos los inmigrantes mexicanos ilegales. El director de la operación, el general Joseph Swing, alegaba que los indocumentados "desplazan a los trabajadores locales, afectan las condiciones laborales, esparcen enfermedades y contribuyen a la tasa de criminalidad". Los oficiales entraron en granjas y fábricas, pero también en restaurantes, viviendas y otras zonas de presencia mexicana. Sobre estas líneas, un trabajador acusado ??de ingresar ilegalmente a los Estados Unidos en la cárcel del condado de Vermilion. La gran deportación Los detenidos eran subidos a largos convoyes de autobuses y a trenes como el que vemos en la imagen. Al cabo de tres meses, el general Swing aseguraba en tono triunfalista que la operación había sido un éxito, se había expulsado a un millón de personas y "la frontera ha sido asegurada". Hoy se piensa que los expulsados fueron muchos menos. Un oficial de la Patrulla de Frontera reconocía que los trenes con deportados "pronto empezaron llegar a su destino casi vacíos", por lo que tuvieron que aumentar la vigilancia. Este artículo pertenece al número 255 de la revista Historia National Geographic.