Históricamente, la representación de la Última Cena se ha articulado en torno a sus dos momentos más dramáticos y trascendentales: la instauración de la eucaristía y la revelación de la traición de uno de los apóstoles de Jesucristo.
El relato de los evangelios ha contribuido a fijar una iconografía común que permite reconocer personajes y situaciones, independientemente del autor y la época de la obra.
Junto a los aspectos comunes, que podemos reconocer tanto en los frescos románicos, como en los retablos flamencos o el mural que realizó Leonardo da Vinci en el convento de Santa María delle Grazie de Milán, la escena incorpora elementos propios de cada región y momento en la que fue realizada.
De la misma forma, las aptitudes técnicas de los artistas la convirtieron en una composición teatral en la que los personajes interactúan entre ellos.
Este artículo pertenece al número 256 de la revista Historia National Geographic.