En una fecha que desconocemos, hacia el año 30, Jesús murió ejecutado en la cruz, en Jerusalén. Entonces, sus contemporáneos judíos se dividían entre quienes lo consideraban un impostor o un blasfemo y quienes creían que mantenía una relación directa con Dios.
Con el correr del tiempo, el movimiento de sus seguidores aumentó y se dividió, de manera que a mediados del siglo II los cristianos estaban repartidos en múltiples grupos con distintos textos sagrados; como Jesús no había dejado nada por escrito, cada grupo interpretaba sus palabras y sus actos como podía.
Pero esta diversidad de opiniones sobre cómo entender a Jesús puede reducirse a tres corrientes principales. La primera estaba compuesta fundamentalmente de judíos, los sucesores de quienes habían seguido más de cerca a Jesús en vida. Todos creían en él como el Mesías, el delegado de Dios que iba a instaurar el reinado de éste sobre la Tierra; sin embargo, la mayoría pensaba que Jesús había sido un hombre, y no Dios.
La segunda corriente estaba formada sobre todo por antiguos paganos convertidos a la fe cristiana siguiendo las directrices de Pablo de Tarso. Aunque éste se autodenominaba «apóstol», no había sido discípulo directo de Jesús, e incluso había perseguido a los primeros cristianos. Pero luego se convenció de que éstos tenían razón: Jesús era el Mesías verdadero.
A esta idea añadió Pablo la noción de que Jesús era el Hijo real de Dios, según le había dicho el propio Jesús. Esta corriente era la más fuerte y mejor organizada. Su creencia fundamental consistía en que Jesús había aceptado su propia muerte, decidida por su Padre, como un sacrificio necesario para eliminar los pecados contra Dios no sólo del pueblo judío, sino de todos los hombres.
Los elegidos
Había un tercer grupo bastante más escaso en número, en el que participaban judíos y antiguos paganos, que se creía del todo especial. Sus miembros sostenían que eran superiores: sólo ellos disfrutaban de un conocimiento secreto, de una revelación gracias a la cual conseguirían la salvación total y absoluta. Y pensaban que tan particular revelación se les había concedido porque eran descendientes de Set, el tercer hijo de Adán. Pero ¿en qué consistía esta sabiduría secreta?

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El monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, fundado por el emperador bizantino Justiniano hacia 530, es el más antiguo del mundo en activo.
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Creían que los paganos sólo estaban compuestos de cuerpo y de «hálito vital», lo que les permitía actuar en el mundo, pero nada más; eran casi como animales. También creían que quienes pertenecían a la Iglesia cristiana normal tenían cuerpo y un «alma» superior al simple hálito vital, pero esta alma apenas entendía los mensajes divinos.
Sólo ellos, los hijos de Set, tenían, además de «cuerpo» y «alma», un «espíritu» que procedía directamente de la divinidad. Sin embargo, no eran plenamente conscientes de que su cuerpo albergaba esta chispa divina porque el ser humano está separado de Dios por el cuerpo, por la materia que la envuelve y la aprisiona entre deseos y sufrimientos.
Dios envió una cadena de seres encargados de revelar estas verdades y el camino de la salvación a algunos escogidos. La cadena comenzó con Adán, continuó con su hijo Set y siguió con Moisés y los profetas hasta llegar a Jesús, quien reveló que la porción de espíritu aprisionada en el cuerpo de los gnósticos debía volver a unirse con Dios, y que en eso consistía la verdadera salvación.

French Book Cover Plaque Walters
Cristo en la cruz, portada en bronce y esmalte de un evangelio francés. Siglo XIII, Museo de Arte Walters, Baltimore.
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Como el «espíritu» sólo había sido concedido a esta minoría, sus miembros podían ser llamados «espirituales». Y por haber recibido la revelación, «conocían» o sabían más que otros; por consiguiente, se les podía denominar «conocedores», en griego «gnósticos».
Ellos eran los únicos capaces de entender plenamente las Escrituras reveladas del Antiguo y del Nuevo Testamento (esto es, de los libros de la Biblia escritos antes y después de la vida de Cristo). Creían que esos escritos contenían los mensajes del Gran Revelador e Iluminador, Jesús. Mientras los demás los entendían superficialmente, ellos lo hacían a fondo. Poseían la verdad religiosa absoluta.
Los evangelios gnósticos
En el siglo II d.C., tras el paso de Jesús por la tierra, algunos maestros gnósticos como Valentín o Basílides habían recibido este conocimiento espiritual, la gnosis, y lo habían puesto por escrito. Sostenían que sus ideas eran las mismas que Jesús había revelado, entre su resurrección y su ascenso a los cielos, a algunos de sus íntimos, como Juan, Santiago (el «hermano del Señor»), el apóstol Felipe, Tomás o María Magdalena. También afirmaban que estos discípulos habían dejado un testimonio escrito de lo que Jesús les había dicho a ellos, sus elegidos.
Conocemos estas obras atribuidas a los seguidores de Cristo con los nombres de «Evangelio» de Tomás, de Felipe, de María Magdalena e incluso de Judas, o con otras denominaciones que no incluyen la palabra «evangelio» pero que lo son, en el sentido de que contienen palabras de Jesús: Sabiduría de Jesucristo, Carta de Pedro a Felipe, Pistis Sofía, Apocalipsis de Pedro, Apocalipsis de Santiago...

Miniature of an Evangelist portrait of John Harley Golden Gospels (early 9th C), f 161v BL Harley MS
San Juan evangelista. Miniatura del Evangelio Dorado de Harley. Siglo IX, Biblioteca Británica, Londres.
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Todos estos textos forman parte de la literatura apócrifa del Nuevo Testamento. La palabra «apócrifo» deriva del verbo griego apokrypto, «ocultar». En un principio, un libro apócrifo era el que convenía mantener oculto por ser demasiado precioso, no apto para ser entregado a manos profanas.
También se designaban como «apócrifos» los libros que procedían de una enseñanza secreta o la contenían, como es el caso de los escritos gnósticos. Sin embargo, como los gnósticos se apartaban de las posiciones dominantes en la Iglesia, el vocablo «apócrifo» adquirió muy pronto el sentido de «falso», y esta acepción negativa es la que hoy prevalece.
La Iglesia rechazó los textos gnósticos y no los incluyó en la colección de libros sagrados que forman el Nuevo Testamento. Aquellos textos se fueron perdiendo y durante mucho tiempo sólo se conocieron a través de lo que de ellos explicaban sus adversarios, sobre todo Ireneo, obispo de Lyon, que escribía hacia el año 200. Pasaron más de mil quinientos años hasta su redescubrimiento.
Alguno, como Pistis Sofía, fue localizado a finales del siglo XIX, mientras que el resto de los que hoy conocemos fueron hallados en diciembre de 1945 cerca de Nag Hammadi, una localidad egipcia. Los códices en papiro allí encontrados contenían multitud de textos cristianos y paganos, fundamentalmente gnósticos, gracias a los cuales podemos saber cómo vivían las comunidades gnósticas en los albores del cristianismo.

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El Gebel Musa, en el Sinaí, es el lugar donde, según la Biblia, Dios habló a Moisés, a quien los gnósticos consideran portador de la revelación a ellos reservada.
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Un grupo gnóstico comenzaba casi siempre por una supuesta revelación divina a una personalidad religiosa sobresaliente, que transmitía a sus seguidores la sabiduría recibida; a menudo, esta transmisión se producía durante ciertos ritos de iniciación.
Las revelaciones se solían escribir en libros difíciles de entender para los no iniciados, ya que en una comunidad gnóstica se daba una estricta división entre los conocimientos exotéricos, a los que podían acceder personas que no pertenecían al grupo, y los conocimientos esotéricos, que sólo estaban a disposición de los miembros de la comunidad.
Los iniciados podían formar una Iglesia aparte, pero, en general, los gnósticos cristianos solían aceptar la existencia de una Iglesia común, la «oficial», de la que se consideraban un grupo selecto. En todo caso, podían formar grupúsculos apartados parcialmente de la Iglesia, con sus propias plegarias, himnos y sacramentos.
Sacramentos especiales
En un sistema gnóstico no existen los sacramentos en estricto sentido, como acciones que transmiten por sí mismas la salvación a quienes las reciben. Para un gnóstico, la salvación es un acto intelectual: consiste en recibir una revelación y aceptarla.
Pero, como indica el Evangelio de Felipe, los sacramentos eran símbolos que escenificaban que el «espiritual» estaba viviendo la «resurrección», o unión con la divinidad, ya en esta vida carnal. El bautismo significaba que el espíritu quedaba libre de los demonios que lo acechan; y, a la hora de presentarse ante Dios, era un signo de haber sido elegido.
La unción, que se solía celebrar junto con el bautismo, tenía gran importancia. Se ungían con aceite diversas partes del cuerpo, principalmente la cabeza, lo que servía para defenderse de los demonios y aliviar las enfermedades, pero la unción era, ante todo, un símbolo de la redención y del don de la definitiva inmortalidad: el ungido gnóstico se asimilaba al ungido por excelencia, Cristo, nombre que proviene del término griego Khristós, traducción a su vez de la palabra hebrea «mesías», que significa «ungido».
En algunos grupos la unción era tan significativa que hacía superfluo el bautismo. En cuanto a la eucaristía, parece que era una imitación del rito cristiano normal, entendido de forma simbólica: en la ingestión del pan y el vino se veía una recepción del «hombre perfecto», simbolizado por Jesús.

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La santa cena. Óleo sobre tabla por Dirk Bouts el viejo. Siglo XV, Iglesia de san Pedro, Lovaina.
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La ceremonia de la «cámara nupcial» era también una suerte de sacramento gnóstico. El iniciado era introducido en un aposento que representaba una cámara nupcial, y allí tenía lugar de modo místico la unión del espíritu del gnóstico con su otra parte celeste y con Dios.
No parece que ello entrañase un acto sexual entre dos creyentes, al estilo del «matrimonio sagrado» pagano, sino que era un acto puramente espiritual. En cuanto al denominado beso o abrazo cultual, no aparece como un sacramento, sino como una acción que acompañaba otros ritos como el bautismo o la unción, y servía para expresar la fraternidad entre los «espirituales» o la iniciación en la comunidad.
Se besaban en la boca, pero este hecho no tenía significado sexual, como lo indica el Segundo apocalipsis de Santiago: «Jesús me besó en la boca y me abrazó diciendo: Amado mío, he aquí que voy a revelarte cosas que los cielos no han conocido» (56,10-20).
La ética de los gnósticos iba de acuerdo con sus principios teóricos. El verdadero gnóstico vivía en libertad, sólo regido por el amor (Evangelio de Felipe, 77, 15-35), y practicaba una vida ascética, de esfuerzo en pro de la virtud. Para él nada valían las distinciones sociales y la riqueza: sólo llegar al cielo y gozar eternamente de la unión con Dios.